Personal, salud mental, Vida

Diario de mi salud mental II

¿Se han despertado con pocas ganas de enfrentarse al mundo? ¿Se han despertado sintiendo lo lejos que se encuentran de ser “perfectos”? ¿Han llorado todas las noches hasta quedarse dormidos? ¿Han pensado en lo frágil que son sus vidas y las miles de posibilidades y oportunidades que tienen para morir? Y si fuera así, si murieran… ¿cuánto tiempo le tomaría a la gente de alrededor darse cuenta? ¿quién crees que te encontraría?

Todas estas preguntas me acompañan a diario, ahora menos que antes, pero siguen ahí, provocando todos esos sentimientos de culpa y vergüenza… Hay días buenos, hay días malos y hay días horribles.

Durante Julio mi terapeuta me recomendó a un psiquiatra, cabe mencionar que a mi terapeuta no le gusta el uso de fármacos, pero en sus palabras “podría ser necesario” la idea no me encantó, pero al final accedí. Hice mi cita, fui y no fue divertido tener que abrirme con otra persona, pero para ese punto ya no tenía ganas de luchar contra lo que fuera que estuviera sucediendo a mi alrededor y en mi cabeza. La primera cita fue bastante normal, mucho blah blah blah de mi parte y el doctor sólo asentía preguntaba sobre cosas que me parecían la cosas más banales, la segunda sesión hubo muchas más preguntas, muchos escenarios hipotéticos y momentos que me hacían sentir incómoda con las verdades que me negaba a aceptar o cosas que no había admitido a nadie… Así fue como con la tercera cita se decidió que me tendrían bajo tratamiento y ejercicio prácticamente obligatorio.

En fin, así comencé con un nuevo estilo de vida al que no estaba acostumbrada (aún no lo estoy). Casi al mes de estar con el tratamiento comencé a notar cambios, muchos cambios. Desde mi humor, mi libido y mi percepción en muchas cosas de la vida. Por un momento tuve esperanza de que de verdad estaba mejorando, quizá sí es así y lo que estoy sintiendo ahora mismo no sea más que un mal día, una mala semana…

Todo esto nos lleva a los eventos de la noche del 6 de Septiembre. Todo el día estuve entretenida, contenta, incluso podría decir que feliz. Logré convencer a mi prima de que fuera a un show y bueno, todo lo malo tiene un inicio, el inicio de esta horrible noche fue con un ataque de pánico en el transporte público. Me bajé en la parada y me dije a mí misma “si no pasa la ruta que necesito en 15 minutos, me voy a casa, fin”. La ruta sí pasó, así que la tomé y llegué al punto que necesitaba, comencé a caminar, sintiéndome un poco mejor, cantando y bailando mientras caminaba, fue entonces que comenzó la lluvia; ingenuamente pensé “esto no apagará mi buena vibra”, lo cierto es que sí lo hizo, entré al bar casi empapada y nadie conocido a la vista. Mi cabeza pensando mil cosas por segundo, una de ellas era que debía salir de ahí. No lo hice.

Después de unos minutos de esperar, llegó mi prima con mi persona especial, saludé a ambos, hubo risas, tragos y todo parecía ir bien. No recuerdo mucho de la noche, pero lo que recuerdo es que volví del baño, hubo algo que detonó en mi cabeza y dije que necesitaba irme de ahí. Mi prima comenzó a hacer preguntas y yo sólo sabía que necesitaba salir de ahí antes de hacer el ridículo. Pagué mi consumo y salí corriendo (no recuerdo si tomé mi mochila y mi abrigo o si sólo salí del lugar) recuerdo marcarle a mi mejor amiga y comenzar a llorar, recuerdo que alguien gritaba mi nombre y me preguntaba que ocurría (quizá no eran gritos, no estoy segura), recuerdo a Momo preguntando con quién estaba y qué ocurría, no tengo idea de sí contesté sus preguntas. En fin, mi siguiente recuerdo es dejarme caer en mis rodillas en el estacionamiento y llorar mientras le confesaba a mi mejor amiga que no quería seguir viviendo, no así.

Después de eso tengo recuerdos muchos más vagos, no recuerdo en qué momento subí al auto de esa persona especial, recuerdo aventar las cosas al llegar a casa pero no sé cómo abrí. Recuerdo que mi prima me desmaquilló y no estoy segura si me ayudaron a cambiarme o si yo lo hice sola. Lo que sí recuerdo perfectamente era esa sensación de querer arrancarme la piel. Quería hacerme daño y sabía que ellos sabían y eso me daba una vergüenza sin igual, pero eso no me detuvo de intentarlo. Hubo un momento en el pensé que necesitaba aire, así que tomé una cobija y corrí al jardín, sólo quería ver el cielo, no pude hacerlo, no por mucho tiempo por lo menos. Actuaba como una completa imbécil, porque quería que se fueran, quería estar sola y hacerme daño, no quería que  tuvieran que ver eso, soportarme así. Aún así permanecieron. Por ello estoy eternamente agradecida.

Después de un rato el special one llevó a mi prima a su casa, le pedí que volviera, necesitaba hablar, necesitaba que alguien escuchara y necesitaba decirle que ya no podía más. Así que eso hice, le dije todo, me mostré tan débil como sólo Momo me ha visto, le dije cómo me sentía respecto a él, le dije lo muy cansada que estoy de luchar a diario contra mi cabeza y su respuesta fue lejos de lo que esperaba. Esperaba regaños o que me dejara ahí, ignorada y recibí tanto cariño y comprensión que me duele. Duele saber que hay personas así en mi vida y yo poco a poco los voy alejando porque no quiero herirlos, no quiero apagar esa bondad.

La maldita expectativa de lo que quería ha sido lo que más me ha herido, hoy en la mañana sólo quería besarlo y pedirle que disculpara mi comportamiento, pero ¿cómo iba a hacer eso si unas horas antes le había pedido que saliera de mi vida? Que no podía seguirlo viendo sin que me doliera, que no podía soportar sus caricias, su sonrisa o siquiera su calor sin pensar que él jamás estaría a mi lado de la forma en la que yo lo deseaba. ¿Cómo sobrellevar un corazón roto cuando uno mismo es quien lo ha roto?

Ahora, heme aquí, en el trabajo, ocultando mi cara para que mis compañeras no vean mi cara roja llena de lagrimas. Ha sido difícil, y no creo que sea lo peor que me toque vivir en esta eterna lucha, pero por hoy puedo decir que planeo cumplir mi parte de la promesa que hice anoche. Por hoy seguiré luchando por ser feliz. Por hoy sólo quiero vivir.

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